La sensibilidad es un rasgo (mayor sensibilidad y reactividad ante determinados estímulos internos y externos) y no es patológica en sí misma, no es un trastorno psicológico, ni una enfermedad, ni un diagnóstico clínico. Se considera una característica normal de la personalidad que puede influir en la forma en que una persona percibe, procesa y responde a su entorno.
El problema puede aparecer cuando no hay un entorno que ayude a comprender y regular lo que esa sensibilidad implica.
Ser sensible puede implicar que percibes más matices, que te afectan más determinados cambios en el ambiente, las emociones de los demás o ciertas situaciones. No es algo malo: es una forma de responder y procesar la experiencia.
Esto puede incluir: mayor registro de las propias emociones, mayor conciencia de estímulos sutiles y un mayor impacto de determinadas experiencias o conflictos.
La evidencia sobre desarrollo emocional y sensibilidad ambiental muestra que los niños que presentan una mayor sensibilidad pueden beneficiarse especialmente de entornos que les ayuden a comprender y regular sus experiencias emocionales.
La evidencia en apego y desarrollo emocional muestra que una persona con más sensibilidad necesita:
Validación: que le digan: “Tiene sentido lo que sientes”.
Ayuda para entender: poner nombre a lo que le pasa.
Co-regulación: alguien que ayude a calmarse y a manejar lo que está sintiendo.
Límites claros y seguros: dentro de un entorno predecible y sensible, no basado en la crítica o la invalidación.
Los contextos críticos, invalidantes, poco disponibles emocionalmente o con poca expresión afectiva pueden dificultar el desarrollo de estrategias adecuadas de regulación emocional, especialmente en niños que pueden ser más sensibles a las características del entorno. Podríamos decir que pueden generan un “desajuste en la sensibilidad”, ya que no hay herramientas para gestionarla.
Un niño en ese contexto, en lugar de aprender:
“Lo que siento tiene sentido y puedo aprender a regularlo”
puede aprender:
“Lo que siento está mal”,
“soy demasiado”,
“tengo que cambiar”…
Esto puede favorecer la internalización de la invalidación y dificultar el aprendizaje de la regulación emocional.
Cuando un niño experimenta de forma repetida respuestas invalidantes, pueden aumentar las dificultades para comprender, expresar y regular sus emociones. La investigación sobre socialización emocional muestra que las respuestas de los cuidadores ante las emociones de los niños están relacionadas con el desarrollo posterior de sus capacidades de regulación.
Cuando un niño sensible es invalidado de forma repetida, puede resultarle más difícil aprender a comprender y regular lo que siente. La invalidación puede contribuir a mantener respuestas de alerta y a dificultar el desarrollo de estrategias de regulación.
Consecuencias en la vida adulta: duda constante, autocrítica, dificultad para poner límites, hiperadaptación, sobrecarga emocional… No necesariamente porque seas “demasiado sensible”, sino porque quizá no tuviste suficientes oportunidades para aprender a comprender y sostener lo que sentías.
Tu sistema pudo desarrollar estas formas de responder como una adaptación a ese entorno.
Lo importante es que eso que no pudiste aprender antes, lo puedes empezar a aprender ahora.
No eras el problema. Te faltó en determinados momentos el acompañamiento adecuado para entender y regular lo que te pasaba.
No se trata de que la sensibilidad sea un déficit que haya que corregir, sino de que las características del entorno pueden influir en cómo se desarrolla la regulación emocional de una persona que presenta una mayor sensibilidad.
Referencias
Acevedo, B. P., Aron, E. N., Aron, A., et al. (2014). The highly sensitive brain: An fMRI study of sensory processing sensitivity and response to others’ emotions. Brain and Behavior, 4(4), 580–594.
Aron, E. N., Aron, A., & Jagiellowicz, J. (2012). Sensory Processing Sensitivity: A review in the light of the evolution of biological responsivity. Personality and Social Psychology Review, 16(3), 262–282.
Elaine N. Aron, E. N., & Aron, A. (1997). Sensory-processing sensitivity and its relation to introversion and emotionality. Journal of Personality and Social Psychology, 73(2), 345–368.
Greven, C. U., Lionetti, F., Booth, C., et al. (2019). Sensory Processing Sensitivity in the context of environmental sensitivity: A critical review and development of research agenda. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 98, 287–305.
Lionetti, F., Aron, A., Aron, E. N., et al. (2018). Dandelions, tulips and orchids: Evidence for the existence of low-sensitive, medium-sensitive and high-sensitive individuals. Translational Psychiatry, 8, 24.
Pluess, M. (2015). Individual Differences in Environmental Sensitivity. Child Development Perspectives, 9(3), 138–143.